Cuando los cisnes lloren
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Sumérgete en la isla de Arho y conoce a sus habitantes.

PRÓLOGO
El sueño
Cada noche tengo el mismo sueño. Camino lentamente por un campo abierto y me baño en una suave y armoniosa llovizna, que me otorga paz y tranquilidad. A lo lejos avisto dos líneas de álamos que convergen. Me embeleso con la elegancia y esbeltez de sus troncos, las ramas cimbreantes, sus hojas verdes y esponjosas, y el suelo decorado por un mosaico de luces y sombras. Un ramillete de libélulas de aire azota mis mechones. Me adentro en la arboleda.
Y, de repente, me despierto. Una nostalgia súbita emborracha mi alma. Una añoranza rabiosa y profunda por una tierra donde nunca he estado. Por una familia que jamás he conocido.
Me quedo dormido otra vez y el ensueño continúa. Me encuentro en un bosque, busco por intuición la presencia de los tejos. Me detengo frente a uno de ellos, tan añoso, poderoso y mágico. Me arrodillo y acaricio sus raíces con ternura. Al tocar su áspera corteza, cierro los ojos y noto racimos de emociones insólitas que navegan en mi sangre. Luego pierdo la noción del tiempo, igual que un reloj de arena al que se le hace girar sin parar. Abro los ojos y me imagino haber sido trasladado miles de años atrás. Y vuelvo a sentir esa melancolía inmensa por una familia misteriosa y lejana que deseo encontrar algún día.
Contemplo su tronco nervudo y retorcido, imagino que son las arterias de mis ancestros que palpitan, llenas de vitalidad. Acerco el oído y escucho en su savia las risas de unos niños, los susurros de hombres y mujeres que me invitan a quedarme con ellos.
Abrazo sus ramas, huelo los brotes recién nacidos, saboreo las hojas puntiagudas, lamo sus frutos redondos y bermejos. Y percibo que yo le pertenezco, y que el árbol conoce mi destino.
Luego levanto los párpados y una voz interna me susurra:
«Esta es tu historia y la de millones de personas repartidas por el mundo. Tus hermanos. ¿Quieres saber cómo comienza? Hubo una vez una aldea llamada Simettalin, en la que el destino se heredaba. Y el suyo era permanecer todos unidos, en la misma tierra».
PRIMERA PARTE
Mayo – Julio 5.º año Aurora
CAPÍTULO I
Crisálida
1
Las flores abrieron sus vistosas pestañas blancas, rojas y moradas y parpadearon por el movimiento del viento. Los capullos sedujeron a los insectos con colores llamativos y efluvios provocadores. Un saltamontes brincó, pletórico de alegría, y desafió a las nubes lechosas, estancadas en el firmamento. Los riachuelos peinaron sus tirabuzones de agua. Los lagos, coquetos, se miraron en su propio espejo, verdoso y resplandeciente.
Era un domingo de mayo del quinto año de la Aurora y la isla de Arho se había vestido de gala para recibir al nuevo día.
La bandeja de madera estaba repleta de larvas negras y enanas. Los insectos recién nacidos se retorcían hambrientos buscando una hoja de morera cercana. El criadero de gusanos de seda era el entorno idóneo para su crecimiento y posterior metamorfosis. Lo habían instalado en una granja pequeña y rectangular de madera de nogal situada en el sureste de Simettalin, contigua a los invernaderos. En el interior había numerosas lamparitas de cristal esféricas ubicadas en torno a las bandejas, las cuales alumbraban la estancia además de aclimatar el ambiente con la temperatura, humedad e iluminación adecuadas para la eclosión de los huevos.
Dentro del criadero, el pequeño Tomik, de cinco años, revolvía con el dedo índice el contenido de una de las bandejas. Esperaba con impaciencia que aquella larva elegida al azar se subiera desorientada al dorso de su mano, y que el suave desplazamiento de sus diminutas patas le hiciera cosquillas.
Le encantaba la sericicultura, sabía ese nombre técnico e impronunciable por sus padres. Las larvas nacían sobre las seis de la mañana, ¡eran muy madrugadoras! Y después se les colocaba encima una lámina de papel perforado y, sobre esta, hojitas de morera frescas y picadas sin mojar para que no contrajeran enfermedades. Los gusanitos, a través del olfato, pasaban por los huecos del papel para encontrar su manjar. Se les alimentaba cuatro veces al día, procurando respetar siempre el mismo horario.
Gracias a Thur, que entendía de números, Tomik conocía varias curiosidades bastante interesantes: un gusano podía aumentar nueve mil veces su peso y seis mil su volumen, la larva comía hasta cincuenta mil veces su peso inicial en hojas de morera, cada filamento de un capullo podía medir más de un kilómetro y medio… Él no tenía ni idea de cálculo, aún era muy pequeño; se había aprendido aquella frase de carrerilla.
Al finalizar la primavera, las larvas dejarían atrás unas cuatro capitas negras y engordarían hasta convertirse en unos rollizos y brillantes gusanos, ¡listos para apretujar con sus dedos! Pero a su mamá esa idea no le hacía ni pizca de gracia. Le había prohibido tocar los gusanos mientras estuvieran en desarrollo, pues esto quizás interfiriese en su transformación en crisálida. Así que debía andar con extrema precaución y evitar cualquier ademán sospechoso que alertara a su madre de su desobediencia.
Desobediencia. ¿Qué habría opinado Dasodut, su hermano mayor? Que Tom era demasiado buenazo y cándido para maquinar una chiquillada. Incluso al pequeño se le nublaba la vista cada vez que su hermano asesinaba a una hormiga, o le sacaba las plumas a un polluelo que caía de los árboles, descargando en el animal su crueldad pueril. Tenía razón. Él no estaba hecho para emociones fuertes.
El pequeño inclinó su cuerpo delgado y menudo y miró la puerta entreabierta de la granja. Presintió que su madre asomaría la cabeza de un momento a otro. Tragó saliva y se le quedó la boca seca. No podía ser. ¡Qué obsesión! Aquella no era la mejor manera de disfrutar de la travesura: le asaltaba a la mente constantemente la silueta de su mamá surgiendo por la puerta, con cara poco amistosa. ¡Otra vez había ganado Dasodut! Saldría de la instalación de inmediato y si se cruzaba con ella, disimularía jugando con alguna piedra del suelo.
Tomik coló los dedos por la ranura de la puerta y la abrió, dudoso. De repente, vio a contraluz a una persona con un mohín de reproche. ¡Era su madre!
Los ojos avellana y saltones del pequeño Tom se abrieron de par en par y su rostro se encendió por la vergüenza. Qué mala suerte tenía. Pillado de pleno en una trastada que había cometido solo en su imaginación. ¿Y ahora qué excusa pondría?
No obstante, Ehiomengonatta no estaba por la labor y le ordenó, con un tono de voz cansado:
—Tommi, ve a apagar las lámparas del invernadero —apartó el flequillo avellanado de la frente del niño—. ¡Date prisa! Tu hermano te está esperando, ya sabes que tenéis que recoger plantas silvestres y huevos de jilguero y alondra. Iros ya, ¡no llegaréis a tiempo a la hora de la Sabiduría Oral!
La mujer había cumplido hacía poco treinta años. Era alta, muy delgada y tenía una fisonomía bastante peculiar: cabello largo y ondulado color café, con abundantes reflejos dorados y ojos ambarinos. Los simetal no es que la encontrasen especialmente guapa por sus ojos saltones, la nariz algo ladeada y su mandíbula angulosa. Muchos insistían en que era fea con ganas. Los más educados la describían como «difícil de ver». Otros, en cambio, vislumbraban un cierto exotismo en sus rasgos asimétricos, imposible que pasaran desapercibidos.
La madre de Tom se enjugó el sudor perlado de la frente y se recolocó la flor de amarilis, alojada en su oreja derecha. Se retiró la capucha de su capa de seda azul y apoyó la espalda en los goznes de la puerta. Se sentía fatigada. Había estado regando las flores y los árboles de morera del invernadero durante toda la mañana. Luego ayudaría a su esposo, Avoret, a terminar los vasos y platos de vidrio.
La isla de Arho, llamada también isla de la Libélula, era una de las numerosísimas islas del sudoeste de Noruega. Los simetal vivían felices en aquella tierra tan verde, prístina, hermosa e idílica, con sus ríos, lagos, árboles y flores refulgentes, y una fina y suave llovizna que bañaba toda la isla en armonía. Para las personas foráneas era un paraíso de luz, agua y color; un lugar donde surgieron las antiguas leyendas escandinavas de dioses, ondinas, hadas y elfos. La tierra custodiada por los noruegos desde tiempos inmemorables.
Ehiomengonatta levantó la mirada hacia el cielo, donde las nubes bailaban un delicado vals junto con las aves. No veía aviones de combate por ningún sitio y eso era buena señal.
La Segunda Guerra Mundial había estallado hacía más de cuatro años y Noruega estaba ocupada por la Alemania nazi. El país que amparaba a Simettalin no pudo hacer nada para impedirlo, a pesar de su neutralidad inicial. Su posición estratégica, los puertos naturales en los fiordos y su exportación de hierro procedentede las minas de Suecia a través del puerto de Narvik hicieron que los vecinos escandinavos fueran de interés de conquista. Con la Operación Weserübung, el Tercer Reich invadió Noruega y Dinamarca. El rey Haakon VII de Noruega tuvo tiempo de huir y refugiarse en Nybergsund, una aldea cercana a la frontera sueca. El rey rechazó firmar un armisticio con la Alemania nazi en el que se solicitaba nombrar al nacionalsocialista noruego Vidkun Quisling como primer ministro y unas condiciones parecidas a las del gobierno de Dinamarca. El soberano no aceptó el ultimátum y decidió continuar la resistencia. Tras el bombardeo de Nybergsund, Haakon viajó a través de las montañas hasta establecerse en una cabaña en el valle de Målselvdalen, en Troms, y luego en Londres. Allí se instaló un gobierno en el exilio. Hitler nombró al nazi alemán Josef Terboven como Reichskommissar en Noruega, principal dirigente de la ocupación alemana, el cual se mudó al palacio de la realeza, donde se declaró el fin de la monarquía. El comisario del Reich era odiado por los noruegos por sus amenazas a la población contraria a la Alemania nazi. Y por la familia de Ehiomengonatta.
No obstante, aquellos eran asuntos políticos foráneos que a los simetal no les interesaban demasiado. Por suerte, las tropas de Adolf Hitler no habían invadido la isla de Arho. Su magia y la protección de los noruegos lo habían evitado.
A Ehiomengonatta lo que le preocupaba es cuándo retornaría Sarhia del turno de pesca, pues tenía unas nuevas acerca de la fabricación del vidrio que quería comunicar pronto a su amiga. Conociendo a la joven, seguro que estaría revolucionando al grupo de trabajo con sus ideas eclécticas. Soltó una carcajada. La echaba de menos, a aquella pilluela.
Simettalin tenía un sistema laboral muy diferente a otras culturas: se repartían las tareas a partes iguales y en rotaciones, así que nadie tenía un oficio específico. Las leyes de Kanan habían prohibido la ganadería y la agricultura, permitido el cultivo de árboles de morera y flores —lino, begonias, caléndulas, rosas, jazmines, gladiolos, violetas, etc.— y la recolección de plantas, hongos y frutas silvestres para después utilizarlas en cocina y repostería. Asimismo, se dedicaban a la fabricación de vidrio de color, la ebanistería y la pesca, además de la cría de gusanos de seda y la flor del lino para la confección de prendas. El trabajo se hacía por el beneficio común y no era remunerado; la moneda estaba censurada. Los simetal creían que era una aberración que los hombres foráneos cautivasen a los animales para su posterior consumo. Se alimentaban de vegetales, huevos de aves, leche —de los renos y alces que deambulaban libremente por la isla de Arho—, pescado, marisco y algas marinas.
2
Tom llegó corriendo al invernadero de cristal y comenzó a apagar las llamas de las lámparas. Las extinguía con desenvoltura, mojando las puntas de los dedos en saliva —como lo haría su hermano— y oyendo el crepitar del fluido burbujeante. Así y todo, Dasodut era más bravo y sofocaba el hilo de fuego con los dedos desprotegidos, aunque le doliesen después a rabiar. «Así las apagan los auténticos hombres», aseguró una vez.
Cuando el pequeño se relajó, su hermano surgió desprevenida e impetuosamente por la puerta y exclamó, pícaro:
—¡Quien llegue el último besará el culo de un reno!
Tomik se paralizó por la sorpresa y el agobio. ¡No! Aún no estaba preparado para irse, ¡le faltaba la cesta! Dasodut arrancó a correr y el pequeño Tom observó ensimismado las anchas espaldas del niño y el movimiento de sus omoplatos, acorde con el balanceo de los brazos. Ambos hermanos eran muy dispares. Dasodut tenía diez años y era un muchacho muy alto, fornido y corpulento para su edad. Se asemejaba mucho a su padre, Avoret, con los ojos azafrán despiertos y separados y el pelo rubio oscuro cortado a cepillo.
Tom inició la marcha a trompicones, detrás de él. Estaba hecho un manojo de nervios. ¡La cesta! Aquella palabra le repiqueteó en la mente. ¡No podía detenerse! Si lo hacía, su hermano ganaría y él tendría que darle un beso al apestoso trasero de un reno. ¡No! Los dos niños, enfrascados en su juego, atravesaron Simettalin.
3
La aldea estaba formada por casas de madera de nogal de diez metros de altura y una única planta, pintadas en blanco, con tejados a dos aguas. Las ventanas eran circulares, con una enorme vidriera principal coloreada con motivos florales. Las viviendas estaban colocadas en hilera, de forma simétrica y perfecta, igual que un pentagrama musical.
Las flores que brotaban en los portales, los jardines y el césped recortado primorosamente, los canales de agua con cisnes que bordeaban las calles y las lagunas con las casas flotantes de cristal eran las corcheas, blancas, negras y semifusas que adornaban aquella sinfonía magistral.
En el centro del poblado, como una clave de sol, se alzaba la torre de la Eternidad, una atalaya altísima de piedra blanca con una cúpula cerrada. La semiesfera tenía incrustados zafiros, diamantes, esmeraldas y rubíes que reflejaban los rayos del sol y los transformaban en una canción cromática.
Al cerrar los ojos se podía escuchar la música del silencio, embellecida con el trino de los pájaros y el vaivén de las ramas de los árboles.
Simettalin era especial. Su geometría preciosista, sus acabados exactos, la pulcritud y el orden desmesurado le otorgaban la apariencia de una aldea de dulce, moldeada como figurillas de azúcar. Un lugar idílico, según el criterio de cualquier forastero.
Dasodut aceleró el paso y se carcajeó, fastidiando al pequeño:
—Corre o ¡pronto te comerás el pedo de un reno!
Tomik respiró de manera entrecortada, mientras perseguía a duras penas a su hermano. Por Ifu, ¿dónde podría conseguir una cesta? Dasodut miró de refilón al niño y le sacó la lengua. El muchacho recorrió las calles cambiando de dirección y zigzagueando atolondradamente para confundirlo. ¡Qué cara más dura! Dasodut lo estaba mareando a propósito. Era un tramposo. ¡Y encima se reía de su desventaja!
Sin poderlo evitar, Tom acabó trastabillándose contra una jovencita simetal que paseaba por aquellos lugares. La niña se llamaba Bliuska, tenía trece años y llevaba la típica vestimenta simetal femenina: un vestido largo de seda níveo con escote en pico, tirantes finos de trenza, recogido en la cintura y con falda de caída; una capa roja del mismo tejido que le llegaba a la altura de los tobillos y unas sandalias blancas de tiras hasta la pantorrilla. La indumentaria simetal no tenía enaguas, encajes, bordados, lazos ni adornos de ningún tipo. Así lo exigían sus arraigadas, perfectas y estrictas costumbres. La ropa se teñía con tintes naturales, que podían ser blanco puro, azul eléctrico o rojo carmesí. La muchacha era bonita, de altura media, con el rostro ovalado, los ojos grandes azul cielo y el cabello rubio marfil semirrecogido, con dos rodetes gemelos.
El pequeño se llevó por delante el canasto de flores de lino de Bliuska, y se le encasquetó en la cabeza a modo de sombrero. La niña vio perpleja cómo Tom se alejaba corriendo sin disculparse y con el cesto acoplado justo por encima de sus hombros.
—Tommi, ¡te voy a matar! Se lo diré a tu madre y ¡te castigará! —la muchacha voceó, hecha una furia. Se sacudió su vestidura. Luego se llevó la mano a un lunar situado en la comisura derecha de sus labios, el cual imitaba una hoja de un extraño verde jade.
El pequeño Tom resolló. Lo sentía por Bliuska, pero no podía pedirle perdón ahora, ¡tenía que continuar con la carrera! Además —Tom se quitó el cesto de la cabeza, se despojó de algunas flores pegadas en su flequillo y soltó una carcajada—, ¡ya tenía la cesta!
Tomik pronto adelantó a su hermano. Como él, había tenido un incidente, salvo que un poco más aparatoso: había chocado con Nhur, un anciano simetal que transportaba vasijas de vidrio de colores. El pequeño espió por el rabillo del ojo y percibió a un hombre iracundo que alzaba los brazos bajo una lluvia de cristales rotos y gritaba a Dasodut: «¡Sinvergüenza!».
Tom aceleró la marcha, jadeando. Sudaba de forma profusa. El niño aspiró todo el aire a su alrededor. Tenía la sensación de que su corazón de un momento a otro saldría galopando despavorido por su boca y se pondría a competir contra él.
«Aguanta, ¡ya queda poco!»
4
El niño llegó a la linde de la aldea al noroeste y entró en un campo abierto, Ish, cubierto de amapolas y con un lago, Yanli. Paró en seco. Respiró hondo y cerró sus ojos juntos y saltones. Una suave y armoniosa llovizna comenzó a caer y mimó su tierna piel. Levantó de nuevo los párpados y capturó en su mirada, a lo lejos, una línea de álamos. Se dejó embrujar por la elegancia y esbeltez de sus troncos, las ramas cimbreantes, sus hojas verdes y esponjosas, y el suelo decorado por un mosaico de luces y sombras.
En cuestión de unos segundos, todo el encanto se desplomó a sus pies, haciéndolos mover otra vez. Su hermano trotaba hacia él, pisándole los talones.
—¡Soy el primero! ¡El vencedor! —Dasodut sabía que no era verdad, pero de esta manera provocaba a su hermano pequeño y le dejaba bien claro que no se dejaría derrotar tan fácilmente.
Ambos niños cruzaron el campo de amapolas con un ataque de risa, brincando y gritando a todo pulmón: «¡Yo llegué el primero! No, ¡he sido yo! ¡He ganado yo! ¡No, yo, ¡yo!».
Tomik se puso en cabeza; no obstante, Dasodut lo zancadilleó con actitud maliciosa. Tom cayó rodando al suelo, no sin antes amarrarse al pantalón del muchacho y arrastrarlo por la tierra.
El ovillo de chiquillos se deshizo en el suelo y estalló en carcajadas. Los dos extendieron sus brazos y piernas sobre la hierba, mojados por el sudor y por los finos alfileres de lluvia. Respiraron hondamente y recuperaron al fin la energía. Al cabo de unos minutos de holgazanear tendidos en el herbazal, se habían olvidado por completo de renos y apuestas, y de los quehaceres asignados antes de asistir a la hora de la Sabiduría Oral. No tenían prisa. «Un poquito más para dormitar, por favor.»
Las amapolas, hastiadas por la ociosidad de los niños, besaron las mejillas de los hermanos con sus labios de cobre y les propinaron bocaditos con sus pétalos, animándolos a iniciar la tarea. Dasodut bostezó y se incorporó, mientras se rascaba su erizada cabellera rubia oscura.
—Qué sueño… —se desperezó— ¡Anda!, se me ha olvidado traer la cesta. Tom, ¿me prestas la tuya?
Ni corto ni perezoso, alargó el brazo y le robó el canasto. Tomik, ya en pie, protestó:
—Dasodut, ese canasto es de Bliuska, si te lo llevas me cortará en rodajitas o ¡en cuadraditos!
—Pues ahora es mío, lo necesito para guardar los huevos que encuentre. ¡Mira! —señaló con el dedo un nido de cisne fabricado en la orilla del lago Yanli— Si consigo ese huevo, seguro que Bliuska nos perdonará. Pero los cisnes son muy agresivos y guardan con celo a sus polluelos. Así que esta es tarea de ¡hombres como yo!
—Y entonces, ¿qué hago yo sin cesta? —el pequeño preguntó y se encogió de hombros. Había cedido al chantaje.
—Fácil: recoger las amapolas y plantas silvestres, ¡como las niñas! —bromeó Dasodut y se alejó hacia el bosque de Theri, un bosque de pinos, cipreses y castaños.
Tomik hinchó los carrillos, enfurruñado. ¡No era justo! Otra vez su hermano se salía con la suya. Ahora tendría que hacer el trabajo más aburrido de todos. Aunque reconocía que subirse a los árboles le producía un poco de vértigo y si tenía que buscar los huevos allí… mejor no pensarlo. Además, ya había borrado de la memoria las recomendaciones que le había dado su tío Koisar, el odisal —líder de la sabiduría de la naturaleza— acerca de dónde estaban ubicados todos los nidos de Arho. Koisar poseía el don de la comunicación con los animales, una habilidad muy ventajosa para los simetal. El odisal había llegado a la conclusión de que las aves de la isla —o incluso las de fuera, qué sabía él— eran rencorosas y vengativas. Y era evidente que a esa circunstancia se le podía sacar el máximo partido. Por ejemplo, un estornino tuerto confesó a Koisar el lugar donde se encontraba el nido del búho que antaño le hiriera en el ojo. Sin ir más lejos, ese mismo búho le había revelado con anterioridad el escondrijo de los huevos de un halcón por haberle robado su cobijo. Así, entre tantos castigos y desafíos plumíferos, Koisar pudo trazar mentalmente un mapa y situar con exactitud el paradero de los cientos de nidos de la isla de Arho.
Tomik agitó la cabeza y procuró centrarse en su labor: la recolección de frutos y plantas silvestres. Su madre estaba orgullosa de él; a su corta edad sabía distinguir bastantes especies de hierbas y su uso culinario simetal: romaza, acedera, salicornia, eneldo, espadaña, malva, amapola, caléndula, aliaria, retama negra, diente de león, hinojo, angélica y trébol, entre otras, para ensaladas o al vapor. También eran comestibles los frutos de nogal, encina, haya, avellano, coriandro, enebro, castaño y endrino.
Esperaba con ansia la entrada del verano, cuando germinasen las primeras frambuesas y arándanos, y endulzar con esos frutos su paladar. El clima de la isla de Arho era agradable en el estío y los inviernos no eran demasiado gélidos. Por eso, sentaba muy bien darse un buen chapuzón en los lagos y riachuelos a cualquier hora del día. Tomik adoraba la costumbre simetal —exagerada, según los hombres foráneos— de bañarse tres veces diarias.
De repente, un pequeño remolino de aire se levantó y Tom se arrebujó con la capa para protegerse de la ventolera. ¡Qué fastidio! Esperaba que no cambiase el tiempo y arreciase la lluvia, pues sería más dificultoso seguir con la recogida. Si no se hubieran entretenido tanto, ya estarían en Simettalin. Ahora llegarían tarde. El niño, en un gesto de culpabilidad, bajó el mentón, cohibido. Sin embargo, algo hizo que posara su atención en su camisa beige de lino y se sobresaltase: una gota roja se dibujaba en el centro. ¿Qué era aquello? El pequeño arqueó las cejas y acercó las yemas de los dedos para tocarla, con cierto recelo. Estaba seca. ¿Sería agua con tierra? Antes de responder a su inquietud, apareció otra. Y otra. ¡Y otra! Tragó saliva y elevó la vista al cielo.
Había una bruma carmesí asentada en el horizonte y más arriba se alzaba un sol sin rastro de vida, asesinado. Tomik arrancó a correr con estupefacción. Por Ifu, ¿qué era todo aquello?, ¡que alguien se lo dijera! Las gotas de su camisa marchaban con él. Le perseguían y acechaban con sus ojos llameantes, mordedores. Fuera por donde fuera llovían lágrimas escarlata, igual que dientes sanguinolentos, impregnando los árboles, ensuciando los lagos y los prados, mancillando las flores.
El niño aceleró el paso, tropezó, retomó su rumbo desbocado, volvió a resbalar, se incorporó de nuevo, avanzó a duras penas varios pasos y luego a zancadas, a impulsos, aplastando las plantas con sus desesperadas pisadas. El sudor le bullía sobre la piel. Hostigaba a su corazón con la carrera. «¡Ayuda!», gritó, aterrorizado. ¡Aquello era una locura! Tom se paró en seco, tiritando, fuera de sí. A lo lejos divisó a su hermano, que aullaba, con voz ronca y los ojos azafranados desorbitados por el espanto:
—¡Está lloviendo sangre!
5
Mientras tanto, en Simettalin ya había comenzado la hora de la Sabiduría Oral, esta vez destinada a los niños que aún no habían superado la Prueba del Don o de la Madurez. Tenía lugar en una de las casas acomodadas en consonancia con su uso. Era un espacio diáfano, amplio, inoloro e impoluto, provisto de mesas y sillas de madera de nogal pintadas en blanco, dispuestas milimétricamente en cinco filas. El aula de la Sabiduría Oral era una casa de madera de diez metros de altura y una única planta, como todas las de la aldea, sin ningún ornamento. El amplio sistema de iluminación lo constituía la enorme vidriera circular multicolor que ocupaba casi toda la fachada principal, el tejado a dos aguas con tejas intercaladas de madera y cristal y algunas ventanas redondas de vidrio incoloro. El suelo de mármol, las paredes níveas moteadas por el arcoíris y la gran claridad que había hacían un efecto deslumbrante y de pureza que casi hería a la vista.
Al fondo del recinto, Koisar deambulaba con calma y se paraba a cada rato para interrogar a sus alumnos. Era un hombre de cincuenta y tres años, de estatura promedio y vestido con la clásica indumentaria simetal masculina: una impecable camisa de lino color beige claro a la altura de las caderas, con un cuello redondo aderezado con una banda alzada, una capa de seda del mismo tono, un cinturón de piel y un pantalón de cuero marrón oscuro. Tenía el cabello cobrizo corto y ondulado, los ojos grandes y ahuevados, de color plata, y una barba frondosa salpicada con canas.
Todos los niños estaban atentos y expectantes a las preguntas del docente menos uno de ellos: Bliuska. La muchacha alzaba y bajaba sus ojos azul cielo con una mezcla de nerviosismo y anhelo, y después los clavaba fugazmente en el fondo del aula. Justo donde aguardaba Adhian, el profesor sustituto.
Adhian, aquel chico de dieciséis años tan guapo y apuesto, con un cuerpo delgado y perfecto… Bliuska agachó la cabeza y se sonrojó. De su impactante físico no sabía decir lo que le atraía más: le encantaba su precioso cabello rojo muy oscuro, acerezado, cuyos mechones le caían elegantes a la altura de los hombros. Su agraciado rostro. Su cuerpo de infarto. Y su intensa mirada verde menta, que seguro podría derretir toda la nieve de las montañas de Elheodor…
La muchacha deslizó otra vez la vista repasando de arriba abajo al joven y se topó con sus penetrantes ojos de menta. Parpadeó, sofocada. Apoyó una mano en la barbilla y sus dedos juguetearon inquietos con el lunar de hoja. Sonrió, complacida. Estaba segurísima. Adhian, desde que había empezado la hora de la Sabiduría Oral, mantenía fija su atención en un punto concreto. Precisamente donde estaba ella.
Así y todo, la lección continuaba y Koisar hizo levantar a una de sus alumnas para formularle algunas preguntas. La niña se alzó y se tocó el brazalete del brazo derecho bajo un rictus severo en sus labios enjutos. Cada miembro de la comunidad llevaba un brazalete de seda rojo ribeteado con bordes negros. Este contacto con la banda de tela estaba incluido dentro del protocolo simetal y representaba concordia, respeto y prosperidad.
La muchacha dirigió su mirada hacia el odisal y lo observó, inamovible. Su nombre era Linuderemi, tenía doce años y un abundante y espeso pelo color trigo, con una trenza en diadema que le coronaba la cabeza. Sus ojos pequeños y pardos, facciones triangulares y nariz afilada le proporcionaban una cierta apariencia de avispa.
El odisal inició su cuestionario:
—Linuderemi, ¿sabes lo que significa Ifu?
—Sí, Koisar-nei. Ifu es la conciencia común. La esencia, el principio y el fin, el todo y la nada, la fuente que fluye a través del agua e impregna a todo ser, planta, animal y mineral de la isla de Arho. Ifu impulsa los renacimientos de todos los simetal. Es la magia que poseen los simetal.
—¿Y qué es Ifu en un simetal?
—Ifu reside en un simetal en forma de Ivu. Es una porción de Ifu. Y el Ivu es el don y el destino, Koisar-nei. Nuestro Ivu es diferente en cada renacimiento, pero inalterable al paso del tiempo —la alumna afirmó con una gravedad propia de un adulto. Todos los simetal coincidían en que Linuderemi era mucho más madura que cualquier otro niño de su edad.
—¿Cuándo se adquiere el Ivu?
—Al nacer, Koisar-nei. Igual que el Nai.
—¿Y qué es el Nai?
—El Nai es el cuerpo, la mente y el nombre de un simetal, Koisar-nei. Es invariable en todos los renacimientos.
—Linuderemi, explícate mejor, por favor.
—Sí, Koisar-nei. Me refiero a que yo misma, en todos mis renacimientos, he tenido el mismo físico, mente y nombre: Linuderemi. Pero, como dije antes, cada vez que nazco poseo un don y un destino distintos. Un Ivu diferente que proviene de Ifu. Todos los simetal tenemos una misma conciencia. Todos somos, al fin y al cabo, uno.
—¿Qué significa tu nombre?
—Mi nombre quiere decir ‘trigo’, Koisar-nei. Está relacionado con alguna característica de nuestro Nai. Por ejemplo, yo soy trigo por el color de mi pelo.
—Ponme un ejemplo más.
—Sí, Koisar-nei. Pomarala deriva de ‘miel’ por su cabello también, Ehiomengonatta de ‘ámbar’ por el tono de sus ojos, Bliuska procede de ‘naturaleza’ por el lunar en forma de hoja que tiene en la cara, y…
«Adhian es ‘menta’ por sus maravillosos ojos verdes», pensó Bliuska, absorta.
6
Entre tanto, un alumno de catorce años bastante feo, de cabeza prominente y rizos pequeños y marcados de color tierra, Bleoah, no paraba de bostezar. La Sabiduría Oral le aburría soberanamente, y más cuando hablaba la desabrida y sabelotodo abejorro Linuderemi. Menos mal que podía rellenar el tiempo muerto con alguna de sus fechorías.
El muchacho clavó sus ojos separados y verde pálido en Oskair, un niño que estaba sentado justo delante. Emitió una carcajada silenciosa. En los minutos previos se había dedicado a colocarle uno a uno, dentro de su camisa de lino, una variedad de insectos y anfibios: gusanos, hormigas, escarabajos, arañas, lagartijas, renacuajos… Bleoah sonrió, enseñando la dentadura. Debía reconocer que aquel pequeño gordinflón tenía coraje.
Oskair mantenía la compostura, aunque estaba rígido como un palo y su cara empezaba a palidecer.
—Bola de sebo, no te quieras hacer el héroe. Sé que por dentro estás llorando como una niña —le importunó el muchacho, y le estiró un mechón de cabello rubio, de la tonalidad del sol.
Oskair apretó los labios y comenzó a sudar. Percibía la montaña de bichos viscosos escalando por su espalda y resguardándose en sus lorzas. Estaba a punto de flaquear.
—Bleoah, esta me la pagarás…
—¿Cómo, girasolcito mío? —se guaseó.
De repente, notó la picadura de uno de los invertebrados en la zona lumbar y esto le hizo dar un brinco y levantarse del pupitre.
Linuderemi detuvo su monólogo, incómoda. Koisar preguntó al compungido niño con un tono de voz hosco:
—Oskair, ¿cuál es el motivo de tu interrupción?
—Koisar-nei, ¿podría salir un momento, por favor?
—Gordinflón tiene que ir al baño. Espero que no nos eclipse este sol tan estupendo que hace con sus lorzas —comentó Bleoah, despiadado.
Carcajada general excepto de Linuderemi, Adhian, Poa y Thur, un alumno de once años situado al fondo del aula, el cual agitó su cabeza con reprobación.
El odisal pulverizó a Bleoah con la mirada, mientras Oskair desaparecía por la puerta sollozando por la humillación.
—Bleoah, hoy eres el alumno más adulto de la Sabiduría Oral y tienes que dar ejemplo al resto con tu juicio y madurez. Una impertinencia más y quedarás expulsado por una semana.
«¡Genial!», se alegró el muchacho para sus adentros.
7
Koisar carraspeó y reanudó la lección.
—Muy bien, Linuderemi. Sigamos… ¿Dónde habita Ifu?
—Ifu solo se encuentra en la isla de Arho, Koisar-nei.
—¿Y en qué lugar concreto?
—En toda el agua de la isla, menos en el mar.
—¿Y su núcleo, su fuente?
—En la cúpula de la torre de la Eternidad, Koisar-nei.
—¿Los simetal podemos contemplar el corazón de Ifu?
—No, Koisar-nei. La estancia de la cúpula está cerrada. Únicamente podemos ver el reflejo de Ifu: el sol y la luna.
—¿Se puede abrir la puerta de la cúpula?
—No, Koisar-nei.
—Linuderemi, ¿qué opinas de la llave de Lazurhi? —Koisar preguntó con sagacidad— ¿Crees que con ella se puede acceder a la cúpula?
—La llave de Lazurhi es solo un cuento para niños, Koisar-nei.
—Correcto —el odisal se frotó la barba—. A ver, qué más… Ah, sí: cuéntame algo más sobre el don.
—El don es la habilidad intrínseca con la que nace cada simetal, Koisar-nei. Durante la niñez un simetal debe investigar cuál es el suyo observando la naturaleza y usando su intuición. Después, a los quince años, su obligación es superar la Prueba del Don o de la Madurez. A partir de ese momento, si la aprueba será considerado un adulto.
—¿Y qué pasaría si no descubriese cuál es su don a los quince años?
—Sería algo muy penoso y deshonroso para un simetal, Koisar-nei. Es igual que quedarse niño para siempre.
—Y entonces, ¿cuál crees que es tu don, Linuderemi?
—Lo siento, Koisar-nei, pero no puedo contestarle a esa pregunta —se sonrojó—. Para un simetal es muy vergonzoso declarar públicamente sus intuiciones antes de que se celebre su prueba. Aparte de incorrecto para la moral simetal.
—No te preocupes, Linuderemi. Con esta indiscreción quería evaluar tus conocimientos. Tres preguntas más y acabo. ¿Qué es la armonía de la naturaleza?
—Es la conexión que tiene Simettalin con la naturaleza, Koisar-nei. Si hay un equilibrio, las relaciones entre los simetal y ella serán correctas, ecuánimes. Si, por el contrario, hay un desequilibrio, se producirá un distanciamiento con la naturaleza y se romperá el entendimiento.
—¿Y qué es la sabiduría de la naturaleza?
—Es el conocimiento de Ifu y la armonía de la naturaleza, Koisar-nei.
—Por último, ¿crees que los hombres foráneos saben de la existencia de Ifu?
—No, Koisar-nei. Todos ellos son basura. Son ignorantes de la sabiduría de la naturaleza, aparte de sucios y apestosos, feos, presuntuosos, violentos y necios. Todo desequilibrio que se produce en la isla de Arho es por culpa de ellos. Solo saben pisar al prójimo, establecer desigualdades, provocar guerras y lastimar a la naturaleza. Blancos, negros, amarillos, rojos, todas las razas son iguales. Pura escoria. Y su cultura, una perversión —sentenció, con dureza e intransigencia.
—Correcto. Solo quiero recordarte que somos simetal, de una raza superior a las otras. Linuderemi, puedes sentarte.
La niña se inclinó con un gesto de formalismo y se acomodó en su silla, adusta. Bleoah le sacó la lengua de forma burlesca.
8
El odisal repasó con la vista cada rincón de la estancia. La austeridad y la espaciosidad del aula, junto con la blancura de esta y la vidriera, cual sol de arcoíris, producían un efecto óptico sorprendente para los ojos foráneos.
Bliuska suspiró y se recolocó un mechón marfil que se había fugado de uno de sus rodetes. Debía estar al tanto de si Koisar le preguntaba, pero añoraba tanto la mirada mentolada de Adhian… Admiró de soslayo su figura, evitando ser atrapada por sus ojos. Era tan bien parecido y estaba tan sexy con su camisa de lino beige claro y el cinturón que se ceñía a la cintura, marcándole ligeramente los pectorales… También era estupendo aquel pantalón de cuero oscuro ajustado que le destacaba su sensual trasero. Mmm… Era un apetitoso pastel de cereza y menta listo para darle un mordisco. A Bliuska se le arrebolaron las mejillas. Si sus pensamientos atrevidos pudiesen despojar vestimentas, él ya estaría desnudo por completo.
Un bisbiseo brotó en la espalda de la jovencita. Poa, una niña de la misma edad de Bliuska, le daba toquecitos en el hombro y sonreía:
—¡Pss! Bliuska, Adhian hoy se estrena como profesor. Conociendo a mi amigo, ¡debe estar requetenervioso!
Bliuska arrugó el entrecejo, molesta. Ya estaba la empalagosa de Poa incordiándole.
—¿Te has fijado? ¡No para de mirarnos! ¿Por qué será? —Poa pensó descuidadamente en voz alta. Se acicaló una de sus dos trenzas de miel recogidas en forma de lazo y luego soltó una risita simpática y ratonil.
«Ay, Poa, qué equivocada que estás. Es a mí a quien mira.»
A Bliuska desde su edad temprana ya le gustaba Adhian, y aseguraba que su sentimiento era correspondido. Nunca tuvieron una relación muy estrecha, ni siquiera eran amigos. Jamás mantuvieron una conversación a solas, tan solo varios intercambios escuetos de palabras anodinas. Sin embargo, las expresiones de ambos los delataban. A lo lejos, sus miradas se buscaban con avaricia; él, vulnerable a la estampa inocente de la niña y su sonrisa de flor, y ella, encandilada por sus ojos de menta.
Cada día, detrás de las esquinas, cruzando los canales, sumergidos en sus tareas, escondidos entre sus amigos y familiares, se regalaban esperanzas. Fingían indiferencia recíproca. En los últimos meses aquel tímido y pasivo comportamiento de ambos se había acrecentado. Ninguno de los dos se arriesgaba a dar el primer paso.
Koisar carraspeó y Bliuska dio un respingo. ¡Oh, por Ifu! No debía distraerse. El odisal ya le había enseñado muchas cosas, por lo que ahora su mente paseaba ensimismada sin prestar atención a la Sabiduría Oral y fantaseando sobre…
—Bliuska, ahora es tu turno —anunció Koisar.
La muchacha se sobresaltó y se levantó, algo temblorosa. ¡Qué iba a hacer! Sus conocimientos simetal se habían esfumado y desintegrado en una montaña de confusión. Una palabra solitaria flotaba en su interior: Adhian, Adhian, Adhian…
Koisar sonrió, divertido:
—Ya es hora de presentaros a vuestro nuevo profesor. Él me sustituirá a partir de hoy en la Sabiduría Oral.
Los latidos de Bliuska se aceleraron. ¡No! Esto no podía estar sucediendo. Alcanzó su lunar de jade. Tocarlo cuando estaba alterada era una manía que tenía desde que era pequeña. Y ahora estaba tan nerviosa que no acertaría a articular palabra y quedaría como una estúpida, ¡delante de Adhian!
El recién llegado profesor tampoco estaba en sus mejores momentos. Hacía poco que había superado la Prueba de la Madurez, y descubierto —de acuerdo con su sospecha— que su don era educar. Aquella mañana se estrenaba como maestro, pero nunca se imaginó que sería con la persona que amaba, la niña de sus ojos. El chico palideció, apesadumbrado. Seguro que al hablar le temblaría la voz y quedaría en ridículo delante de Bliuska, perdiendo el respeto de los niños. Tenía que calmarse. ¿Acaso su don no era enseñar? Si enflaquecía de ese modo no era digno de poseer aquella habilidad. Por otro lado, ¿por dónde empezaría la lección? ¿Cuál pregunta sería la más apropiada para romper el hielo?
Adhian evitó la presencia de su alumna, se giró y le dio la espalda. Lo que a simple vista parecía un gesto de superioridad y presunción, simplemente era un remiendo para su torpe timidez.
Bliuska suspiró, entre aliviada y desilusionada. ¿Esperaba un trato especial? Nunca habían tenido confianza el uno con el otro; además, ahora sus roles habían cambiado.
—Bliuska, ¿por qué crees que el destino de Simettalin se hereda? —preguntó el profesor, más seguro de sí mismo.
—Porque todo simetal comparte una parte de Ifu, que es el Ivu y, como ya se sabe, Ivu también es el destino —contestó la niña, con un hilo de voz.
—Entonces, ¿quieres decir que todos tenemos el mismo destino?
—No, pero sí que compartimos algo en común. Ifu es una esencia heterogénea.
—¿Dos personas podrían tener el mismo destino?
—Imposible.
—Antes has mencionado que los simetal compartimos algo en común. ¿Cuál es nuestro destino?
«Ser tan sumamente bobos para fingir ante todo Simettalin que no nos importamos», protestó Bliuska en su fuero interno, irritada.
—El destino de Simettalin es permanecer todos unidos, en la isla de Arho —dijo la niña, muy a su pesar.
«Y mi destino es estar junto a ti, pero creo que eso no te importa ni lo más mínimo.» Pestañeó, conteniendo las lágrimas.
Adhian asintió, al fin sosegado por haber encauzado de forma correcta aquella situación tan compleja. Le indicó, con voz neutra:
—Bliuska, lo has hecho muy bien. Ya puedes sentarte.
Aquellas palabras sacaron de quicio a la muchacha. «“¿Lo has hecho muy bien?” ¿Te estás burlando de mí?» Se sentó en la silla con los puños apretados, temblándole el labio inferior. Ya no podía más. Se había equivocado. Adhian no la quería. Le era indiferente. Ella era igual que las demás. ¡Qué impotente se sentía!
Bliuska rompió en llanto, encolerizada.
—¡Estúpido! ¿Eso es todo lo que me vas a preguntar?
Varios alumnos que dormitaban sobre sus mesas se sobresaltaron por el alboroto y trasladaron su interés hacia la protagonista de aquel espectáculo inesperado. Un hilillo de murmullos se paseó por la estancia y quebró la quietud.
Adhian no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Se propuso decir algo, pero se le había congelado la voluntad.
—Adhian, ¡eres un cobarde! Sabías perfectamente que yo estaba enamorada de ti y ¡tú te has aprovechado todos estos meses espiándome! —chilló la niña, descompuesta.
Varios niños se echaron a reír y otros tantos se regodearon, entre risitas y silbidos. Las mellizas albinas Fanika y Liussana secretearon en el oído de Oskair, el cual había vuelto al aula y se había olvidado de su degradante incidente. En cambio, Poa chasqueó la lengua con un cierto mosqueo. Bliuska había metido a su mejor amigo en un gran aprieto.
Adhian se tapó la cara, muerto de vergüenza y rojo como un tomate. ¿Por qué todo había acabado así? ¿Cómo era que ese cúmulo de despropósitos lo convertía en un pervertido?
Incluso Koisar, desde su rincón de espectador, soltó una carcajada. Aquel era el resultado de haber dado un «empujoncito» al chico más retraído de Simettalin y a la niña más caprichosa. Hilarante. No se arrepentía de haberse inmiscuido en su introvertido romance. Además, seguro que Bliuska se lo agradecería en los años venideros.
La muchacha se llevó las manos a los labios y abrió sus ojos azul cielo de par en par. «¡Oh, por Ifu, tierra, sepúltame!» Su rostro ardía de pudor, se notaba febril.
Por instinto de supervivencia se escondió bajo su mesa y se replegó el vestido blanco de seda. Se guareció en su refugio para que nadie la viera y se olvidaran pronto de su presencia. Apretó los párpados y enterró el rostro bajo las manos.
«¡No! Qué tonta he sido. Nunca podré volver a mirar a Adhian a la cara. Ni a Koisar, ni a mi mejor amiga Ehio, ni a Poa, ni a mis compañeros, ni a nadie. Jamás saldré de aquí. No podré beber, ni comer, ni bañarme, y moriré joven y sucia sin remedio.»
Adhian suspiró, sonrojado. En cierto modo, él era responsable de aquella situación. Si hubiera sido más decidido, si hubiese hablado con ella previamente de sus sentimientos, este percance no habría ocurrido.
«Y ahora, ¿qué más da? Hemos comenzado nuestra relación sentimental por el revés. Desconozco todo de ella, sus aficiones, sus gustos, sus caprichos, sus temores… Bliuska me ha declarado su amor de una forma muy particular, siendo yo para ella un completo desconocido. Y encima, ¡su profesor!»
Suspiró y sonrió.
«No pasa nada. Mis alumnos tendrán tema de guasa durante semanas, y mis hermanos, y mi mejor amigo Karil; pero yo no me puedo quedar así, con los brazos cruzados. Esta es mi oportunidad.»
Adhian se inclinó y se coló bajo la mesa de la estudiante. Ignoró los cuchicheos de los chiquillos, que crecían a un ritmo acelerado. Bliuska reparó en que el chico se le acercaba con un ademán suave, sonriéndole y fijando sobre ella sus tentadores ojos de menta. Aquella mirada fresca que le hacía derretir la compostura. Notó que sus emociones le surtían por los poros y transpiraban en su piel.
Adhian le susurró al oído, encantador:
—Yo también te amo —le tembló la voz y se ruborizó—. ¿Te gustaría que nos uniéramos en un futuro?
La muchacha asintió y sonrió, gustosa. Aquello no era un sueño. Su niño adorado estaba justo enfrente de ella y se acababan de prometer. ¡Guau!
Bliuska no titubeó. Se abalanzó sobre él, se sentó en su regazo a horcajadas y lo besó con fogosidad. Adhian se quedó petrificado a causa de tal despliegue de pasión. ¿Bliuska? Un, dos, tres, cuatro, los botones de su camisa de lino se desabrocharon, cediendo ante los habilidosos dedos de la jovencita. Las manos delicadas de ella se deslizaron por su torso, descendieron y juguetearon con su tórax. El chico adquirió la gama de colores del arco iris.
—Bliuska, no hagas esas cosas, por favor, que en esta aula soy tu maestro, ¡y tú aún eres muy niña! —le murmuró, abochornado.
Las mejillas de la muchacha se tiñeron de carmín e hizo un gesto de falso recato, ladeando la cabeza y cerrando los ojos. Volvió a sonreír, pícara, y lo rodeó con sus brazos.
9
A la pareja no le dio tiempo de corregir el error que habían cometido al dejarse llevar por la efusión. Unos ojos plateados y furiosos los fulminaron.
—¿Se puede saber qué es esta indecencia?
Koisar agarró a la niña por el cuello de la capa roja de seda y la sacó de debajo de la mesa a la fuerza. Antes de que pudiera protestar la abofeteó. La niña se deshizo en un lastimero sollozo, se arrastró a gatas hacia otra mesa y se cobijó debajo.
Muchos de los alumnos estallaron en carcajadas. Bleoah silbó y Oskair, Fanika y Liussana aplaudieron, divertidos. Thur y Linuderemi se cruzaron las miradas y pusieron cara de circunstancias.
«El nuevo profesor y una de sus alumnas se han metido mano debajo de una de las mesas, en plena hora de la Sabiduría Oral.» ¡Sería un chisme muy jugoso en Simettalin!
El odisal estaba exasperado. A pesar de haber provocado él semejante contexto carnal, aquello había ido demasiado lejos. Era inadmisible. Lo más indicado y ajustado para la moral simetal habría sido encubrir a la pareja ante los alumnos y hablar sobre el tema con Adhian discretamente y en privado. Intuía que Bliuska había iniciado aquel libertinaje; lo afirmaba con total certidumbre. Sin embargo, tenía unas ganas irresistibles de humillar al joven. Le había afectado aquella visión más de lo que se imaginaba.
El chico, ya en pie y con la camisa abrochada, era incapaz de mantener el porte erguido y soportar la poderosa presencia del odisal. Se sentía innoble, despreciable.
—Adhian, me has decepcionado. Debes saber que esto es una falta muy grave y que podrías ser expulsado como docente. ¿Tienes algo que agregar?
Risitas de la chiquillería. Poa bajó la cabeza, preocupada. Conocía a su amigo a la perfección; lo debía estar pasando francamente mal.
—¿Seguro que no quieres decir nada?
De repente, un portazo degolló los bisbiseos. Luego, el aula invitó a pasar al silencio.
—¿Adhian?
—Sangre… —al chico se le cortó el aliento.
—¿Sangre? —repitió Koisar, desconcertado— ¡Por la armonía de la naturaleza! ¿Te mofas de mí, del odisal?
—¡Sangre! —señaló con el dedo hacia la puerta y se estremeció.
—¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre! —los niños chillaron al unísono, despavoridos.
Koisar giró sobre sus talones, perturbado por aquellas palabras, y se dirigió hacia el punto conflictivo. Delante de él se encontraban dos desquiciados chiquillos resollando hasta la extenuación. Tiritaban y tenían los ojos muy abiertos. Eran Dasodut y Tomik.
—Y vosotros, bribones, ¿se puede saber por qué habéis llegado tan tar…? ¿Pero… q… qué? —el rostro de Koisar se desencajó por la impresión.
Los dos niños tenían su cabellera, faz, brazos, piernas y prendas empapadas de aquel líquido encarnado. Las gotas se escurrían por sus temblorosos cuerpos en chorros macabros y se derramaban sobre un charco sangriento. Ambos farfullaban la misma letanía:
—Llueve sangre… Llueve sangre, sangre…
Koisar se abalanzó hacia la puerta, trastornado. La abrió con ímpetu, casi violentamente; entre tanto, Adhian se apresuraba a cubrir a los dos niños con unas capas de piel. Los dos hermanos se deshacían en sacudidas y plañían por el pavor.
El odisal no se creía lo que estaba presenciando: hilos sanguinolentos se ensortijaban en los tejados, las fachadas de las casas, los adoquines de madera, los vidrios de color y las casas de cristal de las lagunas. Una niebla bermeja cubría las calles y las pintaba en un rojo espectral. Los canales eran como cadenas purpúreas que engarzaban la aldea y la condenaban a la calamidad.
Koisar bramó enloquecido, dando vueltas por doquier:
—¡Esto es el caos! ¡Nibrousar!
—Nibrousar, Nibrousar —murmuró el corro de ancianos simetal que se había formado alrededor, aterrorizados.
—Nibrousar, Nibrousar —corearon los niños como si estuviesen hipnotizados, sin conocer el significado exacto de sus palabras.
«Nibrousar, Nibrousar», dijeron los residuos de sangre, en su infausto lenguaje.
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